Aunque un simple cambio fonético pudiera brindar otras muchas connotaciones, el título A la luz literalmente comporta un doble acto de descubrimiento, una manera de develar esta colección única que supone un impresionante recorrido por la historia del arte cubano y que muestra aquí algunas zonas secretas o preteridas junto a piezas y etapas ampliamente difundidas, reconocibles, desde el siglo XIX hasta nuestros días. La otra sorpresa que nos depara el recinto viene de una tierra cercana que comparte con esta ciudad un destino común, ora unidas en región desde la centuria decimonónica, ora separadas administrativamente: Niquero. El nexo entre estos alumbramientos no es otro que la academia, desde el retrato y el paisaje.
Un feliz problema se presenta en su organización: cómo hacer coincidir en un espacio reducido técnicas, formatos y propuestas estéticas heteróclitas entre sí que servirán, sin embargo, a la delectación de entendidos y neófitos al enfrentarse a la sensualidad de Servando y Víctor Manuel, a la precariedad terrible de Ñica matizada por la delicadeza de su prima ballerina, a lo rotundo de Carmelo, lo contingente de Kcho, al paisaje interior de Tomás Sánchez. Entonces se nos antojan vanas las jerarquías de la “alta cultura”, o de las “subastas”, o de las pretendidas y peligrosas soluciones absolutas de “lo cubano” y tenemos que acudir a la mixtura, a la polifonía formal y conceptual que hasta las paredes sugieren, a la interacción de hedonismo y épica, de metafísica y cotidianidad, de tragedia y amor, exaltación y serenidad, naturaleza, dolor y extrañamiento.
El vértigo, claro está, debe ser atenuado y allí donde sobresalen el óleo, el acrílico o el temple, hay contaminantes de ensamblaje; mientras que en los espacios dedicados al grabado se encuentran instalación y dibujos; o donde reina la cerámica aparecen con discreción telas y papeles pintados y la presencia mayoritaria del arte pictórico trae a colación el modo en que Lam entendía que “[…] la pintura, una de las tantas materias del conocimiento, ensancha nuestra visión del cosmos y de las cosas como expresión del ser y su entidad sensible.” Así pues, la manifestación de las inquietudes propias de los creadores configura una mirada que trasciende el tiempo y se erige en relato colectivo y dialogado de más de un siglo de la cultura cubana.
En el lejano abril de 1916, Elvira Martínez, viuda de Miguel Melero, cuya descendencia e impronta también es acogida entre estos muros, encontró en el Arte “el alma palpitante de los pueblos” y le señaló carácter de “traducción de los ideales en formas visibles”. En aquel discurso de ingreso en la Academia Nacional de Artes y Letras, signado por conceptos de civilización y progreso que ya eran rechazados por diversas corrientes estéticas y filosóficas, abordó, no obstante, aspectos trascendentales y dejó para la posteridad reflexiones que deben servir de acicate tanto a los artistas como a los que tenemos la misión de conservar y difundir nuestro patrimonio. Vivamos con júbilo la oportunidad única de esta muestra, verdaderamente introspectiva e histórica, que solo puede tener sentido en la medida en que es contemplada y completada por el público, por ustedes.
CARLOS ESCALA FERNÁNDEZ
Manzanillo, abril de 2013,
Palabras para la inauguración de exposición
colectiva de arte cubano
A LA LUZ.
Galería "Carlos Enríquez".
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